martes, 18 de septiembre de 2012
Herido de muerte
El día comenzó mal: me desperté después de las 9 de la mañana y, por lo tanto, mi plan de salir a correr se arruinó.
Luego del desayuno, pasé las siguientes tres horas frente a la computadora intentando darle mate a un artículo que debía (debo, en realidad) entregar hoy. Sobra decir que no avancé nada.
Decidí no perder más tiempo y tomé un baño rápido con la firme intención de salir a andar en bici un rato. Pero las horas corrieron intentando acomodar mi cabello hasta que, derrotada, elegí quedarme en casa.
Y mientras terminaba el sushi que pedí no pude contener las lágrimas. Sabía lo que me estaba pasando y fue inevitable dejar libre el llanto que desde hace varias semanas traía atragantado.
Estoy aterrada. Creo que jamás había sentido tanto pánico en toda mi vida. Es un miedo a no volverme a levantar, a confiar, a perder lo poco de bueno que tengo.
Es el terror que siento de volverme a enamorar.
Está bien, lo confieso. Confieso que quiero huir, que daría lo que fuera por regresar a la soltería, que me siento la más idiota del universo, que no hay un solo día en el que no crea que soy la peor de las novias.
Y me descubro replicando horribles conductas -como temblar cada vez que le marco a mi novio, como imaginar que en cualquier momento alguien mejor que yo (porque me enseñaron que siempre habrá una mujer mejor que yo) me sacará de la historia- y cada día lucho contra mil demonios para sonreír.
Tengo el corazón herido de muerte y por más que los años pasaron y que intenté reanimarlo, poco a poco se va apagando el que fuera alguna vez el corazón más lindo del mundo. No sé qué hacer, en verdad ya no sé qué hacer.
Lo que va del día lo he pasado entrando y saliendo de Twitter, Facebook y mis tres cuentas de correo en Gmail y ¿saben? Sigo con la misma sensación.
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