viernes, 28 de febrero de 2014
La comida, mi peor enemiga
Nombre: Marissa S.
Edad: 32 años.
Peso: 51 kilos 900 gramos.
Estatura: …
1 metro 66 centímetros.
No soy la típica anoréxica sacada de un documental. De hecho, nunca lo fui. ¿Vomitar? Olvídenlo. La sola palabra me causa asco. Sin embargo, durante 20 años enfrenté sola y sin saberlo desórdenes alimenticios.
Aceptarlo no fue fácil. Cuando mi psicóloga me dijo "Marissa, tú tienes un problema de desorden alimenticio" casi me le voy encima. Quería golpearla, quería decirle que estaba totalmente estúpida, equivocada. Quería gritarle "¡Yo no estoy enferma!". Porque en mi lógica, los costales de huesos son los que tienen que tratarse, no la gente "normal".
Personas como yo estamos entre l@s tí@s hasta 25 kilos por debajo de su peso y los que guardan un régimen alimenticio sano. Por eso, resulta más difícil identificarnos, comprendernos y ayudarnos. Yo, por ejemplo, comencé a controlar (y limitar) lo que me llevo a la boca desde los 14 años.
Lo que hacía, y hasta hace poco seguía haciéndolo, era dejar de comer hasta tres días seguidos o me saltaba comidas -ya fuera el desayuno o la cena o, por qué no, las dos-. Las colaciones nunca se acostumbraron en mi casa porque "sólo la gente gorda come entre comidas". Los fines de semana comía con normalidad porque, obvio, eran los días en los que me reunía con mi familia.
Debo aclarar que no siempre fue así. Los episodios se presentaban cada vez que sentía que no tenía control sobre determinada situación. En la adolescencia lo más importante era lucir linda para gustarle a los chicos y en esa época nadie se fijaba en "las gorditas". Mi cuerpo nunca tuvo grandes atributos, así que la única manera de llamar la atención era siendo delgada.
De los 14 a los 17 años viví a base de All-Bran en el desayuno, ensalada o carne con arroz a la hora de la comida, manzanas y agua, y la cena no figuraba en mi estilo de vida. A dos décadas de distancia, recuerdo que me veía en el espejo y veía a una mujer enorme, con una espalda como de hombre, unas caderas absurdamente grandes y una caja torácica como de cantante de ópera. Hasta el mes pasado me consideraba una mujer "de huesos anchos".
¿Pero que nadie se dio cuenta? No. Ocultaba mi cuerpo en ropa hasta tres tallas más arriba que mi talla no porque fueran a descubrirme, sino porque sentía vergüenza de lo enorme que era.
Durante la universidad tuve un periodo de cuatro años de estabilidad gracias a que viví en casa de unos tíos. Logré tener una vida llena de amor y aventuras y eso me mantuvo distraída de la comida. No obstante, hubo temporadas en las que dejaba de desayunar y comer por las fuertes cargas de trabajo. La única vez que encendí un "foco rojo" fue el día que intenté donar sangre en la Cruz Roja. Recuerdo que luego de pesarme la enfermera me dijo: "No puedes donar. Estás 12 kilos por debajo de tu peso". No supe cuánto marcó la báscula.
La batalla contra la comida se tornó violenta cuando decidí vivir sola. Me despertaba y lo primero que hacía era encender un cigarro y preparar café. Me clavaba en el trabajo y cuando checaba la hora ya eran las cuatro o cinco de la tarde. Me preparaba algo "nutritivo" de comer -sopa o ensalada, arroz y carne asada- y regresaba al trabajo. Al llegar la noche estaba tan cansada que prefería irme a dormir con hambre que preparar algo para la cena. En aquella ocasión fue que pasé tres días seguidos sin comer.
Es difícil identificarnos porque a la vista de todos tenemos una vida normal. En público somos los más sociables y no tenemos un problema en comer hamburguesas, cenar pizza o beber cerveza. Vamos al cine y compramos palomitas y refresco y jamás hemos contado las calorías que nos comemos. Pero el problema aparece cuando estamos solos, cuando nadie nos puede ver y juzgar. Lo mejor de nosotros es que la gente siempre nos dice: "¡Te odio! Comes todo lo que quieras y estás delgadísim@". Eso nos hace sentir fuertes, que valemos y nos aliente a continuar.
Estas fotos son de hace cuatro y dos años, cuando alcancé el menor peso que he logrado en mi vida adulta. ¿Saben qué es lo más grave? No me veía delgada frente al espejo.
La gente no tiene la culpa de esto. Nadie imagina que por cada comida o cena o noche de tragos hay un ayuno de uno o dos días. ¿Quién podría pensar que la comida es la enemiga a vencer?
A casi un año de ir a terapia fui entendiendo poco a poco que sí tengo un problema de salud, que no necesito lucir como un cadáver para estar enferma y que, gracias a Dios, hay caminos que puedo tomar para curarme y llevar una vida digna y saludable. Comencé a correr y ahora sé que la combinación de ejercicio y una alimentación sana es el secreto que te hace no sólo lucir bien, sino que también te hace feliz.
Todos los días es una lucha por comer sin culpa. Cada mañana me levanto y pienso ¿Qué desayunaré? Correr me enseñó a escuchar a mi cuerpo, a amarlo y a respetarlo. Por eso, si tengo hambre busco algo de comer; si tengo sed, bebo agua; si quiero caminar, camino. Poco a poco.
Mi psicóloga me va llevando de la mano por este proceso y en el camino encontré a una persona, mi ex fuck buddy, que sin saberlo me hizo ver que nunca es tarde para cambiar tu vida. Sé que esto es el principio, que en un año no borraré los 20 que pasé luchando contra la comida. A pesar de eso, sé que llegué a tiempo y que hay algo bueno para mí.
Esta soy yo hoy, ni delgada ni flaca sino, como dijera RC, "Saludable".
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