lunes, 31 de marzo de 2014

Carta a mi compañero de cama

R: Nunca tuve el valor de hablar contigo. Por ejemplo, nunca te dije lo bien que la pasaba en tu cama. Nunca te dije los nervios que me acompañaban cada vez que te mandaba un Whatsapp con la leyenda "Ya llegué. ¡Ábreme!". Nunca te dije lo asustada que estaba el día de decidimos tener sexo así, sin más que tú y yo de por medio. Nunca te dije lo confundida que quedé el día que te conté de mi visita al ginecólogo. Nunca te dije lo mal que me sentí con tu primer periodo de silencio. Nunca te dije que me iba porque después de casi un año de compartir sólo contigo mi cuerpo no logramos salir de las cuatro paredes de tu casa o de la mía. Pero las cosas cambiaron la noche en que por primera vez en tres años dejé de pensar en ti y pensé en mí. Por eso hoy tengo el valor de decirte que ya no me haces feliz. No me hace feliz la manera en la que abusas de mi persona y de mi tiempo. No me hace feliz la violencia con la que me sacas de tu vida después de un acostón. No me hace feliz que me anules, como si desearas que yo no existiera. No me hace feliz que pidas y pidas y pidas cosas para ti sin tomarte un minuto para darme algo. No me hace feliz que vayas por el mundo buscando a todas menos a mí. No me hace feliz que contigo siempre terminé pensando "¡Vaya! Hay alguien mil veces mejor que yo". Siempre. No soy la víctima ni tú el cabrón de esta historia. Porque para que exista un abusador es necesario alguien que esté dispuesto a entrar en la dinámica. Sí, eres un abusador. Y yo una persona que debe aprender que los intercambios (sean de lo que sean) tienen que ser justos para ambas partes. Y tú fuiste muy injusto conmigo y yo fui muy injusta con la persona con la que menos debía serlo: conmigo. Lo lograste. Lograste sacarme de tu vida sin darme explicaciones, como cuando simplemente dejaste de hablarme para andar "bien" con tu ex novia. ¿Volver? No. Significaría aceptar una vez más que eres mejor que yo y que yo, así, no valgo absolutamente nada. Porque por más que nuestra relación estuviera basada en la más completa libertad nunca existió un trato equitativo. Siempre dí más que los dos -y eso lo sabes-. Quédate con tu ideal de relación, de mujer, de vida. Quédate con tus sueños de grandeza, tu culto excesivo al cuerpo, tu perfeccionismo que raya en lo absurdo. Quédate con tu encanto, tu inteligencia, tu sentido del humor, tu maestría para regalar el mejor sexo del mundo, tu lindo rostro, tu buen gusto para vestir y tus ganas de llegar muy lejos. Y lee bien lo que escribo porque a pesar de que la balanza se inclina más hacia lo bueno, todo se va a la mierda cuando tu personalidad de abusador entra en acción. Deseo con el corazón que seas muy feliz. Y para mí deseo lo mismo.

viernes, 28 de febrero de 2014

La comida, mi peor enemiga

Nombre: Marissa S. Edad: 32 años. Peso: 51 kilos 900 gramos. Estatura: … 1 metro 66 centímetros. No soy la típica anoréxica sacada de un documental. De hecho, nunca lo fui. ¿Vomitar? Olvídenlo. La sola palabra me causa asco. Sin embargo, durante 20 años enfrenté sola y sin saberlo desórdenes alimenticios. Aceptarlo no fue fácil. Cuando mi psicóloga me dijo "Marissa, tú tienes un problema de desorden alimenticio" casi me le voy encima. Quería golpearla, quería decirle que estaba totalmente estúpida, equivocada. Quería gritarle "¡Yo no estoy enferma!". Porque en mi lógica, los costales de huesos son los que tienen que tratarse, no la gente "normal". Personas como yo estamos entre l@s tí@s hasta 25 kilos por debajo de su peso y los que guardan un régimen alimenticio sano. Por eso, resulta más difícil identificarnos, comprendernos y ayudarnos. Yo, por ejemplo, comencé a controlar (y limitar) lo que me llevo a la boca desde los 14 años. Lo que hacía, y hasta hace poco seguía haciéndolo, era dejar de comer hasta tres días seguidos o me saltaba comidas -ya fuera el desayuno o la cena o, por qué no, las dos-. Las colaciones nunca se acostumbraron en mi casa porque "sólo la gente gorda come entre comidas". Los fines de semana comía con normalidad porque, obvio, eran los días en los que me reunía con mi familia. Debo aclarar que no siempre fue así. Los episodios se presentaban cada vez que sentía que no tenía control sobre determinada situación. En la adolescencia lo más importante era lucir linda para gustarle a los chicos y en esa época nadie se fijaba en "las gorditas". Mi cuerpo nunca tuvo grandes atributos, así que la única manera de llamar la atención era siendo delgada. De los 14 a los 17 años viví a base de All-Bran en el desayuno, ensalada o carne con arroz a la hora de la comida, manzanas y agua, y la cena no figuraba en mi estilo de vida. A dos décadas de distancia, recuerdo que me veía en el espejo y veía a una mujer enorme, con una espalda como de hombre, unas caderas absurdamente grandes y una caja torácica como de cantante de ópera. Hasta el mes pasado me consideraba una mujer "de huesos anchos". ¿Pero que nadie se dio cuenta? No. Ocultaba mi cuerpo en ropa hasta tres tallas más arriba que mi talla no porque fueran a descubrirme, sino porque sentía vergüenza de lo enorme que era. Durante la universidad tuve un periodo de cuatro años de estabilidad gracias a que viví en casa de unos tíos. Logré tener una vida llena de amor y aventuras y eso me mantuvo distraída de la comida. No obstante, hubo temporadas en las que dejaba de desayunar y comer por las fuertes cargas de trabajo. La única vez que encendí un "foco rojo" fue el día que intenté donar sangre en la Cruz Roja. Recuerdo que luego de pesarme la enfermera me dijo: "No puedes donar. Estás 12 kilos por debajo de tu peso". No supe cuánto marcó la báscula. La batalla contra la comida se tornó violenta cuando decidí vivir sola. Me despertaba y lo primero que hacía era encender un cigarro y preparar café. Me clavaba en el trabajo y cuando checaba la hora ya eran las cuatro o cinco de la tarde. Me preparaba algo "nutritivo" de comer -sopa o ensalada, arroz y carne asada- y regresaba al trabajo. Al llegar la noche estaba tan cansada que prefería irme a dormir con hambre que preparar algo para la cena. En aquella ocasión fue que pasé tres días seguidos sin comer. Es difícil identificarnos porque a la vista de todos tenemos una vida normal. En público somos los más sociables y no tenemos un problema en comer hamburguesas, cenar pizza o beber cerveza. Vamos al cine y compramos palomitas y refresco y jamás hemos contado las calorías que nos comemos. Pero el problema aparece cuando estamos solos, cuando nadie nos puede ver y juzgar. Lo mejor de nosotros es que la gente siempre nos dice: "¡Te odio! Comes todo lo que quieras y estás delgadísim@". Eso nos hace sentir fuertes, que valemos y nos aliente a continuar. Estas fotos son de hace cuatro y dos años, cuando alcancé el menor peso que he logrado en mi vida adulta. ¿Saben qué es lo más grave? No me veía delgada frente al espejo.
La gente no tiene la culpa de esto. Nadie imagina que por cada comida o cena o noche de tragos hay un ayuno de uno o dos días. ¿Quién podría pensar que la comida es la enemiga a vencer? A casi un año de ir a terapia fui entendiendo poco a poco que sí tengo un problema de salud, que no necesito lucir como un cadáver para estar enferma y que, gracias a Dios, hay caminos que puedo tomar para curarme y llevar una vida digna y saludable. Comencé a correr y ahora sé que la combinación de ejercicio y una alimentación sana es el secreto que te hace no sólo lucir bien, sino que también te hace feliz. Todos los días es una lucha por comer sin culpa. Cada mañana me levanto y pienso ¿Qué desayunaré? Correr me enseñó a escuchar a mi cuerpo, a amarlo y a respetarlo. Por eso, si tengo hambre busco algo de comer; si tengo sed, bebo agua; si quiero caminar, camino. Poco a poco. Mi psicóloga me va llevando de la mano por este proceso y en el camino encontré a una persona, mi ex fuck buddy, que sin saberlo me hizo ver que nunca es tarde para cambiar tu vida. Sé que esto es el principio, que en un año no borraré los 20 que pasé luchando contra la comida. A pesar de eso, sé que llegué a tiempo y que hay algo bueno para mí. Esta soy yo hoy, ni delgada ni flaca sino, como dijera RC, "Saludable".

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Si el espejo pudiera hablar

Tengo más de 12 meses sin escribir en mi blog. El motivo: necesitaba reconocerme. Pero, ¿cómo se llega a estas decisiones? Fácil, cometiendo error tras error. El primer error fue enrollarme con un patán que se vendió como lo mejor que me podría pasar en esta vida. Lo más triste no fue el discurso de galán de balneario (muy pobre en forma y vacío de fondo) sino que mi familia, mis amigos y yo lo compramos sin dudar. Sobra contar que el trato, injusto por donde lo vieras, se fue al caño; después de todo, qué podrían hacer juntos Johnny Bravo y una licenciada en Literatura y Ciencias del Lenguaje. El segundo error tuvo que ver más con la persona (por no decir "esperpento") en la que me convertí. Dejada, con 8 kilos de más, recuperándome de un tratamiento para combatir el acné juvenil que llegó justo después de mis 30 años, sin trabajo, con deudas y una cabellera ingobernable, decidí darme un descanso. Y así fue, queridos amigos, que me miré una tarde al espejo y no pude reconocer a la persona que tenía frente a mí. ¿En qué momento pensé que el camino hacia mi felicidad era el camino de los otros? Terminé siendo un amasijo de deseos, expectativas, reclamos, frustraciones, anhelos, sueños y toda clase de metas ajenas a lo que yo realmente quería y necesitaba. Callé tanto mi voz que mi pobre garganta quedó reducida a polvo seco y lastimoso; cerré tanto los ojos que hoy me cuesta trabajo soportar la luz del sol y los reflejos de la luna. Lo intenté, intenté darle gusto a todos. Me quedé callada, hice cosas incluso nocivas para mi cuerpo, acepté todo tipo de negociaciones, mentí, aguanté el llanto y la risa, controlé mi furia y los reclamos salieron de mi argumento. El problema es que de nada sirvió. Ayer mi gran amiga NL me hizo una sesión fotográfica. ¿Saben qué vi? Vi a una mujer completamente aterrada, insegura, temblorosa… con unas ganas tremendas de sonreír, de gritar y de mostrarse, pero que aún no puede creer que en ella exista algo hermoso para mostrar. Mientras escribo esta entrada no puedo evitar llorar. Lloro porque siento tristeza por mí, porque pasó tanto tiempo que me cuesta trabajo expresarme, escucharme y, sobre todo, no logro sentir compasión por mí. Y me paro frente al espejo todos los días desde hace más de un año y le pido, le suplico que me hable, que me diga qué es lo que ve. Sin embargo, es preciso aclarar que a diferencia de otros años, hoy estoy consciente de qué es lo que tengo que hacer. Es una pelea constante en contra del gran monstruo que soy porque tengo toda la intención de recuperar a esa Marissa que salía a caminar las tardes de lluvia, que iba al súper, que visitaba museos sin necesidad de compañía, que leía sin parar, que escribía cuentos, que iba al cine, que no necesitaba la aprobación de los demás para sonreír. Porque aquí adentro estoy. Y no pienso detenerme, no pienso doblar las manos. Pronto, pronto el espejo podrá hablar.

martes, 2 de octubre de 2012

Carta a mi amigo

Querido JM: Hasta hace tres meses tú y yo nos reíamos de la gente enamorada y por cada relación de la que teníamos noticia siempre augurábamos el mismo final: seguro a alguno de los dos terminarán por romperle el corazón. ¿Sabes? Teníamos razón, nunca estuvimos equivocados. Yo empecé una relación hace tres meses que, sinceramente, creí que se trataba de pasar el rato. Es decir, a quién no le gusta que lo traten como un rey (o reina) y despertar todas las mañanas con una llamada. A mí me gustó. Y no sólo eso. Por primera vez en casi 10 años fui "la oficial". Fui la novia a la que no se niega, fui la novia a la que se le toma de la mano en toda situación, fui la novia que conoció a los papás y a los amigos. Sí, mi querido JM, yo fui especial. ¿Recuerdas el pasaje El Principito y la zorra? "Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo..." Pues eso me pasó. Dejé de ser una entre tantas solteras de más de 30 para convertirme en la persona capaz de transformar un día o una noche ordinarios en día o una noche de fiesta. No te mentiré, no todo fue fácil. Soy una persona muy lastimada y ante cualquier cambio soltaba golpes sin saber a quién le tocarían. Pero cada vez que eso ocurría me devolvían a la tierra con amor y paciencia. Sí, fueron buenos conmigo. Hasta que todo terminó. Como dije, yo no soy la excepción a la regla y fue sencillo deshacerse de mí. Me rompieron el corazón de la manera más cruel que el hombre ha inventado para lastimar a los enamorados. Y así fue como de sentirme segura, querida y valorada pasé a recibir una bofetada de quien menos lo imaginé, de la persona que me había devuelto la fe en el amor. Teníamos razón, querido amigo: siempre terminan rompiéndole el corazón a alguno de los dos. Justo ahora puedo sentir que a mi corazón le arrancaron un pedacito; esa horrible sensación que te queda cuando te arrancas un pedazo de carne viva (con o sin intención, quién lo sabe). Ahora estoy sentada frente a la computadora, con tantos planes que nunca serán, con tantas cosas por decir, con tantos viajes por hacer, con tantas noches viendo un espectacular de Telcel desde mi balcón que nunca volverán, con un pequeño huerto que no era sólo mío. Sí,lo confieso, estoy enamorada. Dicen que quien pierde es quien confiesa primero el amor. Ellos están equivocados. Porque, al final, yo gané. Y eso es precisamente lo que quiero que sepas. Tienes que volver a vivirlo, tienes que volver a sentir mariposas en la barriga, tienes que volver a sentir que vuelas cada vez que esa persona te abraza, tienes que volver a dormir la siesta en el pecho de alguien, tienes que gritar sin importarte los vecinos cada vez que tienes sexo. Mi querido JM, tienes que volver a sentir que vives con y por el amor. Tienes que volver a decir Te Amo. No puedo prometer que no dolerá, no puedo prometer que será para siempre, no puedo prometer que el siguiente es "el bueno", no puedo prometer que todo será alegrías y risas, no puedo prometer que no habrá engaños, no puedo prometer tantas cosas. Lo que sí puedo prometer es que serás muy feliz. Hasta aquí mi carta, querido JM. Alguna vez dije que te regalaría un cuento, pero esto es lo más honesto que puedo darte hoy. Te lleva siempre en el corazón: MS

martes, 18 de septiembre de 2012

Herido de muerte

El día comenzó mal: me desperté después de las 9 de la mañana y, por lo tanto, mi plan de salir a correr se arruinó. Luego del desayuno, pasé las siguientes tres horas frente a la computadora intentando darle mate a un artículo que debía (debo, en realidad) entregar hoy. Sobra decir que no avancé nada. Decidí no perder más tiempo y tomé un baño rápido con la firme intención de salir a andar en bici un rato. Pero las horas corrieron intentando acomodar mi cabello hasta que, derrotada, elegí quedarme en casa. Y mientras terminaba el sushi que pedí no pude contener las lágrimas. Sabía lo que me estaba pasando y fue inevitable dejar libre el llanto que desde hace varias semanas traía atragantado. Estoy aterrada. Creo que jamás había sentido tanto pánico en toda mi vida. Es un miedo a no volverme a levantar, a confiar, a perder lo poco de bueno que tengo. Es el terror que siento de volverme a enamorar. Está bien, lo confieso. Confieso que quiero huir, que daría lo que fuera por regresar a la soltería, que me siento la más idiota del universo, que no hay un solo día en el que no crea que soy la peor de las novias. Y me descubro replicando horribles conductas -como temblar cada vez que le marco a mi novio, como imaginar que en cualquier momento alguien mejor que yo (porque me enseñaron que siempre habrá una mujer mejor que yo) me sacará de la historia- y cada día lucho contra mil demonios para sonreír. Tengo el corazón herido de muerte y por más que los años pasaron y que intenté reanimarlo, poco a poco se va apagando el que fuera alguna vez el corazón más lindo del mundo. No sé qué hacer, en verdad ya no sé qué hacer. Lo que va del día lo he pasado entrando y saliendo de Twitter, Facebook y mis tres cuentas de correo en Gmail y ¿saben? Sigo con la misma sensación.

jueves, 7 de junio de 2012

Manual para ir sola a una fiesta

Hace unos días recibí una invitación que me puso contenta: mi amigo MO daría una fiesta en un bar de La Condesa para presentar su revista (muy buena, por cierto, Sabotage). Inmediatamente pensé en dos posibles invitados -dos tíos que me encantan y con los que, estaba segura, pasaría una noche genial entre tragos y rock-. Pero jamás conté con que los dos me dirían que ya tenían plan. Sin más drama esperé a que mi frustración bajara para pensar en una solución que me permitiera disfrutar de la fiesta "sola". Es cierto que tengo amigos y amigas que, gustosos, irían conmigo; sin embargo, la noche la había imaginado con otras personas. Así que comencé a preguntar qué opciones tenía una mujer de más de 30 en una situación como la mía. Lo primero que me dijeron mis encuestados fue: "No mames que vas a ir sola". ¡Ñeeeeeeeeee! Eso era justo lo que no quería escuchar. En fin, que la mayoría coincidió en asombro. La segunda respuesta fue: "Invita a alguien más". ¡Ñeeeeeeeeee! Siempre he sido de la idea de que cuando pienso en algo para alguien ese 'algo' sólo es para ese 'alguien' y no para otro. En tercer lugar vino el consejo: "¿Tienes una amiga gorda? Porque salir con alguien más gordo que tú te hace lucir bien". Mmm... Gracias pero aún tengo corazón. ¿En verdad es tan complicado ir a una fiesta, a un bar, al cine sola? ¿Tan patética luces llegando sin compañía a lugares donde se supone que todos van acompañados? Hoy iré por primera vez sola a una fiesta en un bar. Pienso llevar un vestido de encaje muy coqueto, taconcitos de plataforma y una chamarra de cuero negra; cabello alaciado, poco maquillaje en los ojos y me pintaré la boca de rojo. ¡Bien, Marissa! Para quien me lea hay una mala noticia: no pude encontrar un manual para ir sola a una fiesta. Así que sólo me encomendaré a mi autoestima, a la confianza que me da mi experiencia de vida y a que, sola o acompañada, la oportunidad de ser feliz siempre la traigo en el bolso.

martes, 14 de febrero de 2012

Soy Marissa y soy #foreveralone

Es curioso cómo el fenómeno #foreveralone comenzó a cobrar fuerza a partir del 9 de febrero. La gente "tweeteaba" preocupada por su condición de soltera en vísperas del tan manoseado Día de San Valentín.

Algunos, los más violentados por la soltería, justificaban su pesar alegando que el amor no se compra y que es el segundo día más marketero (antecedido por la Navidad). Otros se escudaban en la idea de que se sentían muy bien celebrando con sus amigos. Y los más valientes decían que era un día como cualquier otro.

¡Bullshit! Patadas de ahogado, lloriqueos, patrañas... Es decir, ¿a quién no le gusta que su novi@ o espos@ lo sorprenda un 14 de febrero con un regalo? ¿Quién no se derrite de amor con una serenata? ¿Quién no se enciende con locura cuando lo llevan a un motel para pasarla de lujo? ¿Quién no quisiera ser amado y estar enamorado?

Yo nunca he celebrado un 14 de febrero con un novio. Es más, ni he recibido un "Feliz Navidad" o un "Feliz cumpleaños" de un novio. Yo no sé lo que se siente salir de casa y encontrar tu auto tapizado de post-its y nunca he experimentado la emoción de ver en mi lugar de oficina un enorme arreglo de flores con un oso de peluche y muchos globos. Tampoco han pasado por mí al aeropuerto... En fin, tantas cosas que veo y escucho que en estos momentos no puedo evitar que mi corazón se entristezca un poco.

Pero ¿saben algo? A cambio de esos sinsabores he hecho lo que mejor me pareció con mi vida. Mis cumpleaños los celebro con y donde yo quiero; si me apetece duermo como un bebé toda la Noche Buena o la paso en cama viendo comedias románticas gringas con mi mamá y mi hermano, y en Año Nuevo mis amigos y sus familias me abren las puertas de sus casas con infinito amor y una cena deliciosa. Yo no tengo auto que mi galán pueda forrar porque decidí ahorrar para comprarme una Harley Davidson, y cuando he trabajado en oficina (10% de mi vida laboral, por cierto) mis amigos dejan recaditos con una linda sonrisa como firma.

Hoy, para no variar, tampoco tengo novio que llegue a mi casa con un ramo de rosas o me invite a cenar. Sin embargo, no puedo evitar reírme al recordar ese 14 de febrero con mi amigo de toda la vida MAM cuando vomité en un arriate por todo lo que me comí en un Italianni's. O qué tal ese 14 de febrero con mis hermanos JR, AM y JM que festejamos en un bar con un maravilloso grupo de rock que al día siguiente viajaba a Canadá a probar suerte y que, cuando tratamos de volver, el bar había desaparecido sin dejar rastro. Y también recuerdo a mi hermano GS bailando como aldeano mientras escuchábamos un cover de El Mago de Oz y a mi mamá llamándome a las 6 am, desde Oaxaca, para despertarme y que no se me hiciera tarde. Y veo a mi Leónidas baby dormir tranquilo y seguro a mi lado... ¿Cómo no sentirme la mujer más amada del mundo cada 14 de febrero?

No sé si el año siguiente seguiré soltera. Tampoco sé qué me deparará el destino. ¿Que si quiero un novio? ¡Sí! Y mientras eso pasa lo mejor que puedo hacer es celebrar en grande este nublado Día de San Valentín :D