miércoles, 18 de diciembre de 2013

Si el espejo pudiera hablar

Tengo más de 12 meses sin escribir en mi blog. El motivo: necesitaba reconocerme. Pero, ¿cómo se llega a estas decisiones? Fácil, cometiendo error tras error. El primer error fue enrollarme con un patán que se vendió como lo mejor que me podría pasar en esta vida. Lo más triste no fue el discurso de galán de balneario (muy pobre en forma y vacío de fondo) sino que mi familia, mis amigos y yo lo compramos sin dudar. Sobra contar que el trato, injusto por donde lo vieras, se fue al caño; después de todo, qué podrían hacer juntos Johnny Bravo y una licenciada en Literatura y Ciencias del Lenguaje. El segundo error tuvo que ver más con la persona (por no decir "esperpento") en la que me convertí. Dejada, con 8 kilos de más, recuperándome de un tratamiento para combatir el acné juvenil que llegó justo después de mis 30 años, sin trabajo, con deudas y una cabellera ingobernable, decidí darme un descanso. Y así fue, queridos amigos, que me miré una tarde al espejo y no pude reconocer a la persona que tenía frente a mí. ¿En qué momento pensé que el camino hacia mi felicidad era el camino de los otros? Terminé siendo un amasijo de deseos, expectativas, reclamos, frustraciones, anhelos, sueños y toda clase de metas ajenas a lo que yo realmente quería y necesitaba. Callé tanto mi voz que mi pobre garganta quedó reducida a polvo seco y lastimoso; cerré tanto los ojos que hoy me cuesta trabajo soportar la luz del sol y los reflejos de la luna. Lo intenté, intenté darle gusto a todos. Me quedé callada, hice cosas incluso nocivas para mi cuerpo, acepté todo tipo de negociaciones, mentí, aguanté el llanto y la risa, controlé mi furia y los reclamos salieron de mi argumento. El problema es que de nada sirvió. Ayer mi gran amiga NL me hizo una sesión fotográfica. ¿Saben qué vi? Vi a una mujer completamente aterrada, insegura, temblorosa… con unas ganas tremendas de sonreír, de gritar y de mostrarse, pero que aún no puede creer que en ella exista algo hermoso para mostrar. Mientras escribo esta entrada no puedo evitar llorar. Lloro porque siento tristeza por mí, porque pasó tanto tiempo que me cuesta trabajo expresarme, escucharme y, sobre todo, no logro sentir compasión por mí. Y me paro frente al espejo todos los días desde hace más de un año y le pido, le suplico que me hable, que me diga qué es lo que ve. Sin embargo, es preciso aclarar que a diferencia de otros años, hoy estoy consciente de qué es lo que tengo que hacer. Es una pelea constante en contra del gran monstruo que soy porque tengo toda la intención de recuperar a esa Marissa que salía a caminar las tardes de lluvia, que iba al súper, que visitaba museos sin necesidad de compañía, que leía sin parar, que escribía cuentos, que iba al cine, que no necesitaba la aprobación de los demás para sonreír. Porque aquí adentro estoy. Y no pienso detenerme, no pienso doblar las manos. Pronto, pronto el espejo podrá hablar.

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