Hace dos años tuve una de las depresiones más fuertes de mis casi 30 años. Dejé de comer, corté el teléfono y apagué el celular y pasé cinco días tirada en mi cama sin moverme. Esperaba no sé qué de la vida, quería que el dolor que sentía se fuera para siempre -auque en eso se me fuera la vida-.
Es cierto que mis amigos estaban preocupados, pero quien llegó a rescatarme de la depresión fue mi mamá... Aaaaah !!! Las madres. Es curioso pero cada que sentimos miedo en la primera persona en la que pensamos es en nuestra madre. Ella siempre está ahí para ayudarnos, para darnos fuerza... y también para juzgarnos.
Por eso, luego de vivir seis años como una mujer independiente, le pedí a mi mamá que dejara su vida en Oaxaca y me apoyara. ¿Cómo? Viviendo conmigo. Así empezamos por rentar un bellísimo departamento de la Del Valle y con gran entusiasmo ella lo amuebló y decoró... A su gusto.
Y fue justo ahí cuando empezaron los problemas. Ella tenía más de 40 años como ama y señora de su casa y esta vez no sería la excepción. Desde cómo lavar los trastos hasta discusiones por si usar Costalitos o bolsas de súper para los botes de basura, todo se volvió motivo de discusión. Y con eso llegó el reinado de mi mamá y un retroceso en mí que se vio reflejado en muchas de las actitudes y decisiones que tomé. Me volví aquella adolescente de 18 años con la que ella solía vivir.
Claro que fue fácil convertirme en una forever young porque mis necesidades básicas las cubría mi mamá: tendía mi cama, lavaba y planchaba mi ropa, cocinaba (y me ponía lunch cuando iba a la oficina), acomodaba mi ropa y comenzó a involucrarse en mi vida más de la cuenta. dos años después me di cuenta de que el precio que estaba pagando era muy alto.
Pleitos, discusiones y dramas reinaron en nuestra casa a tal punto de que yo sentí que mi espíritu valía "para pura idem". Dejar que mi mamá se volviera una mezcla de mejor amiga y roomie y madre controladora hizo que perdiera la fe en mí misma, en que dudara de si en verdad sería capaz de hacerme de una vida... de mi vida y mi propia historia. Y al tratar de hablar con ella todo terminaba en chantaje y llanto...
OH POR DIOS !!! Ahí estaba todo el problema. Resulta que soy igualita a mi mamá. Era lógico y todo el tiempo estuvo frente a mí y jamás lo vi. El asunto no era enfrascarme en una pelea con el espejo, sino de negociar y aprender a tratarnos como lo que somos: madre e hija.
Hoy dimos el primer paso. Como es imposible hablar opté por escribirle una carta en la que le explicaba que sus comentarios me hacían sentir mal y que eso es lo último que necesito en estos momentos en que escucho por todas partes el "Ya vas a cumplir 30 años... y qué harás con tu vida ???". Fui lo más honesta que pude. Y dio resultado.
Ella dice que jamás podría pensar que soy una torpe incapaz de forjarse un buen futuro. Y le creo, claro que le creo. El punto es que aún falta sentarnos con un par de tazas de té para hablar de las diferencias que existen entre nosotras y que las hijas también tenemos derecho a una historia propia, con aciertos y errores, pero al fin y al cabo se trata de nuestro destino. Ellas, nuestras madres, siempre formarán parte de la vida porque mucho de lo que somos se lo debemos a ellas; sin embargo, estamos en todo derecho de alzar la voz y defender nuestra individualidad.
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Hola Marissa, gracias por compartir estas cosas. Me identifico muy bien contigo desde antes de ser madre, yo también viví muchos conflictos sin el interes de buscar la razón. Ahora q soy mamá, me deja a mi la posibilidad de entender a mis hijos, tal vez como tu mamá o la mía lo han hecho.
ResponderEliminarMuchos saludos.