viernes, 11 de noviembre de 2011

La culpa es de mis padres

Hoy era El Día. Estaba decidida. Me levanté a las 7 am, me bañé, me puse muy bonita y salí a la calle a esperar el metrobús. 40 minutos después apenas había recorrido cuatro estaciones y mi cita estaba programada para las 9 am. Eso significaba sólo una cosa: ni en drogas llegaría a mi primera sesión con la psicóloga.

No es la primera vez que busco respuestas en el consultorio de un loquero. Hace cinco años iba religiosamente todos los jueves, a las 6 pm, a un cubículo en La Roma a externar todos mis traumas de niñez pensando "La culpa es de mis padres". Renuncié a los dos años. ¿Qué caso tenía culpar a mis progenitores si, al final, tenía temporadas buenas y temporadas malas como todos?

Hace poco viví dos situaciones que me mandaron a la lona. La primera fue por mi familia. Amo a mi madre y a mi hermano; sin embargo, somos tan distintos que a veces (casi siempre) siento que quisieran que yo fuera otra persona -una hija ejemplar y una hermana modelo-. Desafortunadamente (para ellos), elegí un estilo de vida que nada tiene que ver con lo que ELLOS creen que es lo "políticamente correcto". A pesar de eso, me adoran y no hay duda de que ocupan el 50% de mi corazón. La segunda fue por la infinidad de cabrones con los que me topo, los típicos que ven en las solteras que viven solas a una puta con hotel incluido gratis. Pero siendo realista, ¿quién no se ha cruzado en el camino con un pendejo de esas características?

Estoy lejana a la perfección y sé que en esa búsqueda de una identidad propia, que me guste vivir, he cometido graves errores. Sin embargo, me niego a ir por el mundo culpando a mi madre, a mi padre y a los estúpidos de lo que yo elegí.

Confieso que tengo mucho miedo, que a veces quisiera tirar la toalla y salir corriendo, que incluso he pensado en que todo se acabaría si me animo a aventarme del balcón (adoro el drama), pero cuando siento a mi hermoso gato respirar muy cerquita de mi pecho, cuando veo la luz que le pega a MI departamento, cuando recibo un mensaje de mis amigos y cuando le doy el justo valor a mi mamá y a mi hermano me doy cuenta de que la vida es simplemente perfecta.

¿Qué me va a suceder en el futuro? No lo sé. ¿Siento miedo? Muchísimo. ¿Pretextos? Un millón y contando. Pero de lo que sí estoy segura es de que jamás me he dado por vencida.

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